Sí, vosotros. Que sí, coño, vosotros, los de ahí.

Ya sabéis, como suelo hacer, aquí os queda esto, por si alguien quiere leerlo, y si no, pues que os den a todos. De algunos ya estoy harto, aunque supongo que aquellos por los que va este enunciado serán tan estúpidos o tan engreídos de ni pasarse a leer. Pues podrían aprender una lección de humildad, ¿sabéis? Aunque cierto es que no les gustaría mi método.

Diría que les da igual. Y si alguno lee esto, y va a hacer la estúpida pregunta que yo creo que estaría pensando en este momento: sí, tengo mucho tiempo libre. Si no, no lo estaría perdiendo en escribir algo a un “público” (¿se le puede llamar público a gente que pienso que ni siquiera llega a la categoría de ser humano?) que sé que no me va a leer ni en cien años. Pero por mí no será, tengo mis métodos para llevar la cultura a pueblos inhóspitos perdidos en medio de montañas deshabitadas donde sus moradores intentan devorarse unos a otros para poder sobrevivir en su vacía existencia.

Vale, me queda muy literario, pero si me dedicara a llamaros “mamones“, “cabrones” o cosas por el estilo, alguno de los que tenga un indicio de inteligencia podría decirme que caigo en el insulto fácil. Lo único que temo es que no podáis comprender todo lo dicho en el anterior párrafo. Bueno, si es así, malo para mí, pero peor para vosotros, incultos, gañanes. Puesto que no podréis aprender ni aunque os golpearan con mis palabras en esa mole hueca que tenéis cargando sobre vuestros hombros. Sí, esa. La que os preguntáis para qué sirve, cuando lo único que sabéis usar son unas ristras de carne que lleváis a los lados y, oh misericordia, vuestra grandiosa “polla“, como soléis llamarle. Me río en vuestras caras. En serio. Si ese es vuestro objetivo en la vida, usar vuestro ridículo miembro para “ligarse a todas las pavas“, podéis ir a buscar gallinas salvajes al Polo Sur, que seguro que os da mejor resultado.

Que conste, fijo que alguna mujer hay que se me escapa, y estoy generalizando para los hombres. Mil disculpas. Pero por norma general, suelen ser más inteligentes, y más o menos van sorteando las imbecilidades de la vida. Aunque pecan, normalmente, de ingenuas, o bien de ser todavía más… “pendonas” que los hombres. También dais pena. Hace unos años, puede que hubiera intentado rescataros de ese camino (a un hombre no, que es él mismo el que se estampa de cabeza contra el muro, no lo condena la sociedad a ir por un sendero que no ha escogido), pero ahora he decidido que paso. Paso de vosotras, que al final todo el esfuerzo que haga ni merece la pena, ni compensa el tiempo invertido. Paso de todo.

En fin… no sé si me queda algo más que decir (fijo que sí), pero me dejo mucho en el tintero, así tengo más material para desmontaros vuestra absurda visión del mundo en otra ocasión. Nos vemos, pringados de la vida. Con acritud, pero sin rencor. No sois tan importantes como para que me interese lo más mínimo que ocupéis un lugar en mi mente. Simplemente, de vez en cuando os pasáis por mi cabeza, como la brisa.

Una última cosa: si os habéis sentido aludid@s, y habéis llegado hasta el final entendiendo todo lo que he dicho, dejadme un comentario diciendo quienes sois para quitaros de mi lista negra. Me habréis sorprendido gratamente en tal caso.

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