El Jardinero

“Una rosa es una rosa es una rosa” – Gertrude Strain

Paseaba por mis tierras. Vastas como una eternidad, aún sin explorar por completo, siempre iba descubriendo nuevas cosas. Hasta que la vi. La rosa.

Negra como el azabache, no era oscura, sino hermosa. Irradiaba una belleza y elegancia que (quizás) nunca antes había visto. Parecía como si un centenar de hadas estuvieran revoloteando a su alrededor, bailando y cantando, haciendo una fista en honor a la vida y a la belleza. Me quedé inmediatamente ensimismado contemplándola. Pasó un tiempo antes de que me diera cuenta de que no estaba sola. A su alrededor crecía un intrincado tapiz de maleza. En medio de esta maleza había otra clase de flores. Hermosas a su manera, pero no tanto como la rosa. La maleza estropeaba aquella belleza. Aquella belleza por la que estaba a punto de llorar de alegría por haberla hallado, pero también de tristeza. En algún rincón de mi corazón sentía que no podría tenerla, no podría estar toda mi vida contemplándola.

Volví desolado a mi morada. Al día siguiente seguí vagando por mis tierras, cuando volví a ver la rosa rodeada de aquella vegetación. Daba igual por donde fuera: todos los días hallaba la rosa en mi camino. ¿Obsesión? Puede que sí, aunque creo que tal vez fuera el destino el que la pusiera en mi camino, aunque ella no lo supiera. Cada día se hacía interminable pensando en la rosa… incluso cuando estaba a su lado, las palabras se me hacían un peso en la lengua y la trababan. Además, aunque no quise reconocerlo, en presencia de toda aquella maleza se me hacía imposible comunicarme con la rosa, sentía aquella sensación de que me estaban observando todos mis pasos: “Ven, háblale: hazlo y nos reiremos de ti, nos burlaremos, te humillaremos hasta que ya no puedas más y la dejes. Pero aún así seguiremos arrastrándote hasta el fango del que procedes, luego te dejaremos allí y te escupiremos. Simplemente, no tenemos otra cosa que hacer.”.Era una tontería, lo sé, pero aquellas voces en mi cabeza todos los días seguían diciéndolo una y otra vez y, creedme, se hace difícil no hacer caso de lo que dicen.

A la rosa no parecía importarle aquella malvada vegetación que iba extendiendo su red a su alrededor, que le robaba su alimento y el agua. Más aún, parecía divertida y cómoda en medio de la maleza. Y eso era algo que no podía permitir: yo era Greendar, el jardinero; no podía dejar morir la belleza de aquella manera… tenía que hacer algo.

Regresé a mi casa. Decidí que había que actuar. Había llegado el momento de acabar con todos. El odio acumulado contra aquella maleza sería liberado ahora: esas infames plantas debían ser arrancadas de raíz para que el mal pudiera ser extirpado. Yo sería el justiciero que exterminara la maldad de mis propias tierras.

Únicamente armado con mis manos, me dispuse a arrancar las plantas que enturbiaban la belleza de la rosa. Intentaron defenderse, pero las aniquilé sin compasión ninguna. Tiré de ellas hasta que sus raíces salieron a la luz. Usé toda mi fuerza para arrancarlas todas. Me pincharon, sangré, pero no cejé en mi empeño.

Cuando acabé, las aparté a un lado. Instantáneamente, todas ellas se encogieron sobre sí mismas y murieron. Miré a la rosa.

“Ahora nada nos separará, rosa. Estamos tú, yo y esas otras flores, pero ellas no molestarán.”

Pero la rosa no estaba contenta. Parecía enfadada. ¿Era posible que un ser tan bello hubiera desarrollado una extraña simbiosis con aquellas plantas del infierno? ¡No! ¡No podía ser cierto! ¡La belleza no puede verse mezclada con la maldad!

“No eran malas” – dijo la rosa – “Solo buscaban un sitio donde vivir. Puede que alguna sí que lo fuera, pero has destruído vidas que realmente no eran malvadas. Y me has dejado sola. Y no puedo vivir sola, y te odiaré por haberme quitado a mis compañeros de terreno. Ahora, vete. No puedo verte.”

“¡No! ¡Eran malvadas! ¡Ocultaban tu belleza! ¡Ven conmigo! ¡Te pondré en el mejor sitio de mi casa! ¡Te regaré! ¡Te mimaré!”

“Ahora ya es tarde. Puede que antes hubiera ido contigo, si me lo hubieras pedido, pero no puedo ir a tu casa después de lo que me has hecho. No fuiste capaz de superar tus miedos, y fracasaste.”

“¡NO!”

Desperté. Aún estaba en mi casa. Fui a dar una vuelta y allí seguía la rosa, rodeada de maleza. Tenía otra oportunidad. Me introduje en medio del matorral y agarré la rosa. Inmediatamente sus espinas me desgarraron la palma de la mano.

“¡Ven conmigo! Te cuidaré mejor que en este sitio.”

“No, no quiero irme. Déjame aquí tranquila… estoy a gusto y cómoda; tengo todo lo que necesito.”

Intenté tirar de ella, pero las espinas se hicieron más grandes y partieron mi mano por la mitad. Con ayuda de la otra y agarrándola por la parte superior, conseguí arrancarla de aquel infierno. Pero en el momento en que la observaba en mi mano, sus pétalos comenzaron a caer al suelo.

“No debiste hacerlo… ahora me has perdido para siempre. Sabías que no querría irme contigo, por eso me arrancaste, y ahora me moriré. Pero tú morirás de peor forma, con mi recuerdo clavado en tu mente y sabiendo que quitaste una belleza del mundo…”

“¡NO!”

Desperté.

Soy Greendar, el jardinero, y ahora tengo otra oportunidad. No sé como lo haré, pero no descansaré hasta que pueda ver a la rosa todos los días en mi hogar. Solo deseo que sus espinas no se claven esta vez. Aunque la más profunda ya lo ha hecho.

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3 comentarios to “El Jardinero”

  1. IceWind Says:

    joer… seguimos igual de frikis, eh? xDDDD Enga! ya nos veremos cuando no tenga que chapar como un capullo xD

  2. dieguuuuuuuuuuuu Says:

    flipadoo

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